Al principio no entendí por qué el rastro de Sebastián se volvió tan claro.
Horas antes apenas habíamos logrado seguir señales débiles entre la nieve. Todo parecía fragmentado, como si alguien hubiera intentado borrar su paso con cuidado. Pero de pronto la dirección era precisa, firme y demasiado sencilla de seguir.
Eso no me tranquilizaba.
Sebastián Castellane podía estar desesperado, pero no era un hombre torpe. Había sido rey durante años. Sabía ocultar una ruta, borrar huellas y dejar pistas