Mundo ficciónIniciar sesiónRazar soltó una risa baja, y entendí que aquel comentario había sido un error.
—¿Tu cría será un dragón como nosotros o un lobo?
Sus palabras me atravesaron al sonar tan despectivas.
—Será mía —respondí.
El silencio cayó durante apenas un segundo.
Razar me observó con atención.
—Por supuesto.
No me gustó su tono.
No me gustó la manera en que sus ojos midieron mi reacción, como si cada palabra mía confirmara algo dentro de un tablero de ajedrez que yo no podía ver completo.
Después de la comida, los príncipes fueron enviados a sus lecciones y Razar pidió caminar conmigo por una galería privada. Kaeldris y Maerys nos siguieron a unos pasos de distancia. Siempre cerca. Siempre atentos.
—Has sido paciente —dijo el rey.
—He sido educada.
Razar sonrió.
—También.
No respondí.
—Sé que deseas volver con tu Alfa.
Mi pecho se cerró.
Cassiel.
Su nombre no fue pronunciado, pero lo sentí igual.
—Mi compañero —corregí.
—Tu compañero —aceptó Razar, con una facilidad que no me tranquilizó—. Y quizá pueda permitirlo pronto.
Me detuve.
Kaeldris también.
—¿Qué quiere decir?
Razar giró hacia mí.
—El príncipe oscuro tarde o temprano regresará al mundo original. Cuando aparezca de nuevo, podremos rastrear una abertura estable hacia Etheria.
Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que tuve miedo de que todos pudieran oírlo.
—¿Me dejará regresar?
—Por un tiempo.
La esperanza se mezcló con sospecha.
—¿Por un tiempo?
—Hasta que terminemos de comprender tu lugar en mi linaje y hasta que tu hija nazca bajo condiciones seguras.
Apreté los dedos contra la tela de mi vestido. ¿Por qué pensaba que mi bebé sería niña?
—No soy parte de su reino.
—Tu sangre dice otra cosa.
—Mi vida dice otra.
Razar no se molestó. Eso era lo peor de él. Casi nunca se molestaba.
—Te permitiré regresar a Etheria cuando el paso se abra —dijo—, pero no irás sola.
Miré a Kaeldris incluso antes de que Razar terminara de hablar.
—¿No?
—Kaeldris irá contigo.
—No necesito un guardia. Cassiel es Alfa de Umbra Noctis, puede protegerme perfectamente.
—Si quieres volver a tu mundo, que regreses sola no es negociable.
La voz de Razar siguió siendo amable, pero el rey apareció debajo del hombre cordial.
—Si vuelves a Etheria, Kaeldris te acompañará. Te protegerá, confirmará las condiciones de ese mundo y se asegurará de que regreses cuando sea necesario.
Quise gritarle que no regresaría jamás.
Quise decirle que, si pisaba Etheria otra vez, Cassiel no permitiría que nadie volviera a separarnos.
Pero no lo hice.
Porque aprendí, hacía mucho tiempo, que la furia mal usada puede cerrar puertas.
Así que respiré.
Asentí.
Y fingí aceptar una condición que pensaba romper en cuanto estuviera de nuevo en los brazos de mi compañero.
—Entiendo, majestad.
Kaeldris me miró.
No supe qué fue lo que encontró en mi rostro, pero por la forma en que sus pupilas se estrecharon, sospeché que la idea de mantenerse lejos de Maerys no le agradaba en absoluto.
—¿Maerys podría acompañarnos?
—¿La doncella que te asigné?
Asentí y, por primera vez en cinco meses, Razar pareció tan sorprendido que se quedó sin palabras.
Aquello casi me hizo sonreír.
Era evidente que no sabía nada de lo que existía entre ellos.
Y si yo podía ayudarlos…
Si podía darles aunque fuera una pequeña oportunidad de estar juntos…
Entonces lo más lógico era que, llegado el momento, ellos hicieran lo mismo por mí.
Porque si Razar decía la verdad, si aquel supuesto príncipe oscuro, el vampiro al que incluso los dragones parecían respetar y temer, aparecía y el velo volvía a abrirse, entonces regresaría con Cassiel.
Dentro de mí, Ciri soltó un rugido bajo.
Su emoción me atravesó el pecho y por un instante no solo sentí su deseo de volver con Cassiel, sentí algo más primitivo, íntimo y salvaje.
Fenrik.
Mi dragona anhelaba volver a ser una con el lobo de nuestro alfa.
Anhelaba el vínculo, la unión, la sensación de pertenecerle solo a nuestro compañero.
—Pronto, le prometí en silencio.
Después de aquella plática con Razar, la mañana transcurrió lejos del palacio.
Kaeldris me llevó hasta una zona montañosa cubierta por niebla, donde enormes columnas de roca emergían hacia el cielo como lanzas.
Maerys nos siguió durante todo el trayecto.
Era silenciosa y bastante discreta.
Manteniéndose varios pasos detrás.
Kaeldris caminaba delante de mí con la seguridad de quien había nacido entre aquellas montañas.
—Hoy no aprenderás a volar por que mientras te seguía estaba claro que sabes hacerlo—dijo sin mirarme.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí?
Por primera vez aquella mañana, una sonrisa torcida apareció en sus labios.
—Aprenderás algo más importante.
Se detuvo.
Giró hacia mí.
—Aprenderás a no luchar contra tu dragona interior.
Mi respiración se hizo más lenta.
—¿Luchar?
Kaeldris asintió.
—Cada vez que Ciri toma el control durante la transformación, tú te resistes.
Bajé la mirada porque tenía razón.
—Eso es algo que los niños dragón aprenden antes incluso de dominar el fuego.
Sus palabras me hicieron sentir ridícula.
—Yo no crecí entre dragones.
Su voz se suavizó.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Aquellas palabras, por alguna razón, lograron relajarme.
Poco después, ambos estábamos en el aire.
O, mejor dicho…
Ciri estaba en el aire.
Y yo dentro de ella.
El viento golpeaba nuestras escamas mientras Kaeldris volaba a mi lado en su forma dracónica, enorme y elegante.
—No la controles.
Su voz resonó dentro de mi mente.
—Escúchala.
Cerré los ojos.
O, al menos, la parte de mí que seguía siendo humana.
Sentí el latido de Ciri.
El movimiento de sus alas, la tensión de sus músculos.
El fuego recorriendo nuestras venas.
—No eres una jinete de caballo, Lila.
Kaeldris descendió junto a nosotros.
—Eres parte de ella, ambas son una.
Por primera vez, dejé de resistirme y Ciri rugió.
Feliz, libre.
El vuelo cambió de inmediato, nos movimos como una sola.
Cuando aterrizamos sobre una enorme plataforma de roca, mientras estaba en el proceso de regresar a ser humana mis piernas temblaban cuando finalmente mis pies tocaron el suelo, casi caí y él me sostuvo del brazo.
—Lo hiciste bien.
—Creo que Ciri hizo todo.
Él soltó una pequeña risa.
—Ese es precisamente el punto.
También estaba en proceso de volverse totalmente humano
Durante varios minutos ninguno habló.
Hasta que Kaeldris rompió el silencio.
—Nunca hablas de tu infancia.
Mi cuerpo se tensó.
—No hay mucho que contar.
Él me observó de reojo.
—Eso suele significar exactamente lo contrario.
No respondí.
Durante unos segundos pensé que dejaría el tema pero, en cambio, fue él quien habló.
—Yo no crecí con mis padres.
Lo miré.
Su expresión había cambiado.
Ya no estaba el guerrero.
Solo un hombre.
—Mi madre quedó embarazada fuera del matrimonio.







