Razar soltó una risa baja, y entendí que aquel comentario había sido un error.
—¿Tu cría será un dragón como nosotros o un lobo?
Sus palabras me atravesaron al sonar tan despectivas.
—Será mía —respondí.
El silencio cayó durante apenas un segundo.
Razar me observó con atención.
—Por supuesto.
No me gustó su tono.
No me gustó la manera en que sus ojos midieron mi reacción, como si cada palabra mía confirmara algo dentro de un tablero de ajedrez que yo no podía ver completo.
Después de la comida,