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Capítulo 28 POV Sebastián

Llevaba días sin dormir bien.

No porque el cansancio pudiera conmigo, no porque mi cuerpo me lo exigiera, ni siquiera porque la tensión me estuviera rompiendo poco a poco por dentro, sino porque no podía permitirme cerrar los ojos mientras aún quedara un solo detalle fuera de mi control.

—Esa mesa no va ahí —ordené, señalando el extremo izquierdo del salón principal—. Si la colocan tan cerca de la entrada, estorbará el paso de los invitados cuando empiece la música.

Los sirvientes se miraron apenas un segundo ante de obedecer.

Nadie discutía conmigo.

No después de verme revisar personalmente la disposición de las flores, el vino reservado para los nobles, el pan que sería entregado a la gente del pueblo, las lámparas del jardín, las rutas de los guardias, los músicos, los pasillos secundarios, incluso la distancia exacta entre las antorchas que iluminarían la entrada del castillo.

Todo debía ser perfecto.

Todo debía parecer una celebración.

Y nadie, absolutamente nadie, debía sospechar que en realidad estaba preparando una trampa.

—Su majestad.

La voz de Darian me alcanzó desde la entrada del salón. No tuve que girarme para saber que llevaba rato observándome.

—Habla —dije, sin dejar de mirar a los hombres que colgaban los estandartes.

—El reino entero está hablando de esto.

—Eso espero.

—Nobles, comerciantes, campesinos, soldados, incluso familias de las aldeas más lejanas han recibido invitación. Nadie entiende por qué has decidido abrir las puertas del castillo para una celebración semejante.

Sonreí apenas.

—Pero vendrán.

—Por supuesto que vendrán —respondió él, acercándose con cautela—. Les ofreciste comida, vino, música y una noche donde podrán olvidar por un rato que este reino lleva quince días respirando miedo.

Giré por fin hacia él.

Darian no era un hombre fácil de inquietar. Había visto guerras, traiciones, ejecuciones y pactos rotos sin alterar demasiado el gesto. Por eso me molestó encontrar preocupación en sus ojos.

—No me gusta esa mirada —le dije.

—A mí no me gusta esta fiesta.

—No es una fiesta.

Darian apretó la mandíbula y bajó la voz.

—Entonces dígame su majestad qué es, porque llevo días viéndolo convertir una celebración en una operación militar disfrazada de banquete, y algo en todo esto no me da buena espina. ¿Esto es debido a la amenaza del Alfa de Umbra Noctis?

Lo observé en silencio.

A mi alrededor, los sirvientes seguían moviéndose, los músicos afinaban instrumentos en una esquina, los guardias recibían instrucciones y el castillo entero parecía respirar bajo mis órdenes. Demasiados oídos. Demasiados ojos. Demasiada gente que no sabía cuándo guardar la lengua.

—Ven conmigo —dije.

Darian me siguió hasta una galería lateral, lejos del ruido del salón, donde la piedra gruesa de los muros tragaba cualquier conversación antes de dejarla escapar. Solo entonces me detuve.

—El plazo de Cassiel vence esta noche.

Su expresión cambió apenas.

—Lo sé.

—No. No lo sabes como yo lo sé. Cassiel no dejara pasar esto por alto. No vendrá a buscar algún tipo de acuerdo ni vendrá a devolverme a Lila porque cree que ahora le pertenece.

El nombre me quemó en la boca.

Lila.

Cada vez que pensaba en ella junto a él, algo dentro de mí se volvía más oscuro.

—Sebastián…

—No digas mi nombre como si fueras a pedirme prudencia.

—Te voy a pedir inteligencia —corrigió Darian—, porque Cassiel Raventhorn no es un hombre al que puedas calmar con música y vino.

Darian guardó silencio.

Entonces entendió.

—Quieres que venga por ti.

—Va a venir por mí —dije, convencido—. Esta noche se termina el plazo. Sabe que lo estoy esperando. Y Cassiel tiene demasiado orgullo para quedarse escondido cuando cree que puede humillarme en mi propio castillo.

—¿Y cuando venga?

Miré hacia el ventanal, hacia el bosque oscuro que rodeaba el reino más allá de los jardines.

—Las brujas lo tienen todo preparado.

Darian dio un paso hacia mí.

—¿Las que vinieron la última ves? ¿Realmente confías en ellas?

—No, pero me harán ganar tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Mi sonrisa no se hizo esperar.

—Para recuperar a Lila. Para hacerla recordar que antes de Cassiel estuve yo. Para demostrarle que ese vínculo que él presume no vale nada cuando el destino se equivoca.

Darian me miró como si por primera vez no reconociera al hombre frente a él.

—No creo que lo que sientes por ella sea amor.

La frase cruzó el aire como una ofensa.

Me acerqué hasta quedar a menos de un paso de él.

—Ten mucho cuidado con la siguiente palabra que salga de tu boca.

—Te he seguido desde antes de que tuvieras corona, te he protegido cuando nadie apostaba por ti y he manchado mis manos por órdenes tuyas sin preguntar demasiado, pero esto… esto no se siente como una estrategia. Se siente como desesperación.

—La desesperación es para los hombres que aceptan perder.

—¿Y tú no has perdido? Por los Dioses si ese Alfa es un inmortal.

La ira me subió por la garganta, pero la contuve. Esa era la diferencia entre todo y yo. Yo sabía cuándo atacar y cuándo sonreír.

—Esta noche Cassiel vendrá. Lo guiaré hasta el acantilado. Las brujas eligieron el sitio, trazaron los sellos y activaron el velo que quedo entre abierto. Cuando cruce el punto exacto, bastará con empujarlo al otro lado.

—¿Y si no viene solo?

—Vendrá solo si cree que soy yo quien lo espera.

Darian cerró los ojos un instante.

—¿Y la fiesta?

—La carnada perfecta. Ruido suficiente para ocultar movimientos. Invitados suficientes para distraer miradas. Luces suficientes para que las sombras parezcan normales.

—Estás apostando demasiado.

—No. Estoy recuperando a quien es mía. Porque eso es precisamente lo que Lila es para mi. Mia y solo mía.

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