La noche cayó con una belleza tan perfecta que por un momento incluso yo pude creer la mentira que había construido.
El castillo rebosaba vida. Las copas chocaban unas contra otras, las risas se mezclaban con la música y los vestidos de las damas giraban bajo la luz dorada de los candelabros. En los patios exteriores, la gente común comía hasta saciarse, los niños corrían entre las mesas y los soldados vigilaban con una discreción tan bien ensayada que nadie parecía notar que cada entrada, cada