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Capítulo 29 POV Sebastián

La noche cayó con una belleza tan perfecta que por un momento incluso yo pude creer la mentira que había construido.

El castillo rebosaba vida. Las copas chocaban unas contra otras, las risas se mezclaban con la música y los vestidos de las damas giraban bajo la luz dorada de los candelabros. En los patios exteriores, la gente común comía hasta saciarse, los niños corrían entre las mesas y los soldados vigilaban con una discreción tan bien ensayada que nadie parecía notar que cada entrada, cada balcón y cada corredor tenía ojos armados.

Yo sonreía.

Saludaba.

Aceptaba brindis.

Escuchaba adulaciones.

—Una celebración digna de la historia, mi rey —dijo un noble inclinándose ante mí.

—Entonces procura disfrutarla —respondí—. No todos los días el reino entero tiene algo que celebrar.

—¿Y qué celebramos exactamente?

Lo miré con calma.

—La llegada de una nueva era.

El hombre rió, creyendo que era una frase política.

Los necios siempre agradecían una mentira bien vestida.

Pero conforme la noche avanzó, mi piel empezó a tensarse.

Al principio fue una sensación leve, apenas un peso detrás de la nuca. Luego, una certeza. Alguien me observaba.

Giré hacia las columnas del salón.

Nada.

Volví a sonreír para una condesa que hablaba demasiado cerca de mi hombro, pero mi atención ya no estaba en ella. Estaba en el reflejo oscuro de una copa, en el movimiento breve de una capa al fondo del corredor, en una sombra que parecía retirarse cada vez que yo intentaba verla de frente.

Cassiel.

Mi pulso se volvió más firme.

No había fallado.

Él estaba allí.

Lo sentí antes de verlo, como si su arrogancia tuviera un peso propio, como si su odio atravesara la música y llegara directo a mí.

—Mi rey —murmuró Darian, apareciendo a mi lado—. ¿Lo viste?

—No necesito verlo.

—Entonces no vayas.

—Apártate.

—Sebastian…

—Dije que te apartes.

Su mirada sostuvo la mía durante un segundo demasiado largo, pero al final obedeció. Darian sabía que había límites que ni siquiera él podía cruzar.

Dejé la copa sobre una bandeja y me alejé del salón con la naturalidad de un anfitrión que necesita un respiro. Nadie me detuvo. Nadie sospechó. La música siguió sonando a mis espaldas mientras descendía por el pasillo lateral que conducía a los jardines.

Afuera, la noche era más fría.

Caminé sin prisa, aunque cada parte de mí estaba preparada para atacar.

Las brujas habían sido claras. No debía mirar atrás más de lo necesario. No debía apresurar el paso. Debía permitir que Cassiel creyera que yo no sabía que me seguía.

Una rama crujió a mi derecha.

Sonreí.

—Vamos —murmuré para mí mismo—. Solo un poco más.

El sendero hacia el acantilado estaba apartado del castillo, lo suficiente para que la música llegara convertida en un eco lejano. Las antorchas marcaban el camino hasta cierto punto y luego desaparecían, dejando que la oscuridad hiciera su parte.

El aire cambió antes de llegar.

Lo sentí en la piel.

El velo estaba abierto.

No podía verlo completamente, pero allí estaba: una vibración extraña frente al borde del acantilado, una grieta invisible en el mundo, un temblor en la realidad que parecía respirar entre los sellos trazados por las brujas sobre la piedra.

Me detuve justo donde me indicaron.

Mis manos estaban listas.

Mi odio también.

—Sé que estás ahí —dije, sin girarme—. ¿Vas a esconderte toda la noche o finalmente vas a enfrentarme?

La oscuridad respondió con silencio.

Luego, una silueta emergió entre los árboles.

Mi cuerpo se tensó.

Di medio paso hacia adelante, preparado para atacar, para empujar, para terminar de una vez con el hombre que se había atrevido a robarme a la única mujer que yo jamás había aceptado perder.

Pero entonces la figura avanzó hacia la poca luz de la luna.

Y todo dentro de mí se detuvo.

No era Cassiel.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

El mundo, el castillo, la fiesta, el velo, las brujas, todo desapareció durante un segundo imposible cuando reconocí ese rostro.

Mi voz salió rota, apenas un hilo de incredulidad.

—¿Lila… eres tú?

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