Por la mañana, tengo agujetas hasta en las pestañas.
El sol, que se cuela agresivo a través de los ventanales, me aclara la vista con un jadeo. Dominic está desnudo a mi lado, durmiendo más relajado de lo que jamás he creído que podía admirarlo. La sábana gris le tapa justo sobre el culo, dejando a la vista sus espalda ancha, marcada por mis arañazos, y como sus brazos se flexionan debajo de la almohada. Respira suavemente, y me atrevo a tocar las marcas que le he dejado.
Con un suspiro me deslizo fuera de la cama. Todo en este apartamento es frío, el mármol, la tarima del suelo, las paredes vacías, sin vida. Necesito ropa y no tengo ni idea de dónde cayó mi ropa anoche, de todas formas no quiero ponerme el vestido, ni las medias que seguramente estén rotas. Así que, de puntillas, cotilleo el ático y encuentro su armario: una habitación entera llena de trajes, chaquetas de cuero y un expositor de relojes caro y collares de cadenas. Encuentro una camiseta negra, suave, con un leve olo