Dominic me empuja suavemente hacia atrás, girándome hasta que mi espalda choca contra el frío cristal de los ventanales. El contraste entre el vidrio helado y el calor de su cuerpo, que ahora está pegado al mío, me hace jadear.
—¿No tienes mirones? —le pregunto, porque poco me apetece que quién viva en los edificios de la ciudad me vean desnuda.
—Están tintadas. —Golpea el cristal con los nudillos, para acto seguido inclinarse a mi boca—. Si alguien te viera, tendría que arrancarle los ojos.
No puedo con el magnetismo que siento hacia él. Soy yo la que me lanzo a besarlo, un beso que se vuelve animal al sentir su lengua enredarse con la mía. Encuentro el borde de su camiseta, tirando impaciente para quitársela. Pero no es suficiente. Ataco sus vaqueros, desabrochando el cinturón con un tirón aún más impaciente. Ahora la mano me cabe por dentro de la tela para acariciarle la erección. Apenas me cabe en la mano, y me doy cuenta de la locura excitante que voy a hacer cuando ya estoy de r