Dominic me empuja suavemente hacia atrás, girándome hasta que mi espalda choca contra el frío cristal de los ventanales. El contraste entre el vidrio helado y el calor de su cuerpo, que ahora está pegado al mío, me hace jadear.
—¿No tienes mirones? —le pregunto, porque poco me apetece que quién viva en los edificios de la ciudad me vean desnuda.
—Están tintadas. —Golpea el cristal con los nudillos, para acto seguido inclinarse a mi boca—. Si alguien te viera, tendría que arrancarle los ojos.
No