Me desperté con el cuerpo pesado, como si me hubieran dado una paliza. No pegué el ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, escuchaba el golpe seco de la puerta principal cuando Julián echó a mi padre, y luego sus palabras repitiéndose en mi cabeza: diez años. Tres mil seiscientos cincuenta días de ser una propiedad comprada para pagar deudas de juego y botellas de aguardiente.
Me quedé un rato mirando el techo de la habitación. Era una recámara enorme, con muebles caros y sában