Me quedé de pie en la estancia, con los nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa de caoba. El frío de la noche no solo entraba por la puerta que mi padre acababa de abrir a golpes de insultos; se me estaba metiendo en los huesos al escuchar aquel grito desgarrado, pastoso y cargado de una rabia que conocía demasiado bien.
—¡Julián Galán! ¡Da la cara! —el grito de mi padre retumbó en las paredes, haciendo vibrar los cristales de la vitrina—. ¡No te creas que porque compraste a mi hi