El viaje hasta la costa fue un descenso a los infiernos del silencio. El paisaje cambió de los campos de agave seco a la vegetación espesa y húmeda de la selva que bordeaba el océano. Julián no volvió a abrir la boca. Conducía como si quisiera escapar de su propia sombra, con la mirada fija en el asfalto negro y los nudillos todavía blancos sobre el volante.
Cuando el sol empezó a hundirse en el Pacífico, tiñendo el agua de un rojo que me recordó al vestido que ahora llevaba doblado en una bols