El trayecto por las calles empedradas de la zona alta no solo fue un suplicio por el silencio de Julián, sino por lo que pasaba afuera de los cristales tintados de la camioneta. Cada vez que sus dedos rozaban la palanca de cambios, no podía evitar mirar sus manos. Eran manos de hombre que trabaja, con cicatrices pequeñas y nudillos fuertes. Manos que anoche me habían sujetado contra la pared y que, por un segundo maldito, me habían hecho olvidar quién era yo.
Julián conducía con una precisión m