Los días siguientes fueron una pesadilla disfrazada de calma. Alexander no volvió a tocarme, pero su presencia era constante. Se movía por la mansión con esa seguridad enfermiza, como si todo le perteneciera… y yo, incluida.
Cada mañana enviaba a alguien a mi habitación: una mujer distinta cada vez. Llegaban con vestidos blancos, delicados, envueltos en papel fino. Con cajas de terciopelo que escondían collares, pendientes, zapatos. Trajes de novia. Como si estuviera celebrando un compromiso re