No supe cuánto tiempo estuve arrodillada en el suelo después de que se llevaron a los niños. Sentía el cuerpo helado, la piel pegajosa por el sudor del miedo y la desesperación. El alma… eso sí sabía cuánto dolía. Como si Alexander la hubiese tomado entre sus manos y la hubiese apretado hasta hacerla añicos.
No lloré más. No tenía lágrimas. Solo un vacío hondo que me tragaba desde adentro.
Los pasos llegaron después. Suaves. No eran los de él.
Una mujer se detuvo frente a mí. Vestía uniforme gr