La luz de la mañana entraba por las cortinas como si no supiera que la noche anterior me había destrozado. Que me había vaciado por dentro.
Me obligué a levantarme, a lavarme el rostro hinchado, a peinarme el cabello con manos temblorosas. No por mí. Por ellos.
Los encontré en la pequeña sala contigua a mi habitación. Estaban sentados en el suelo, rodeados de cajas abiertas, telas brillantes, zapatos diminutos y accesorios que no deberían tener nada que ver con su niñez. El cuarto parecía sacad