El aroma del café era el mismo de todas las mañanas. Fuerte, con cuerpo, con ese amargor refinado que él apreciaba en silencio. La mesa de la terraza estaba impecable, como siempre: los platos alineados, las frutas cortadas en proporciones perfectas, el mantel de lino claro danzando con la brisa suave que atravesaba el jardín.
Pero Lorenzo apenas lo notaba. Nada de aquello importaba, porque ella estaba allí.
Isabella.
Sentada a la mesa, al otro lado, con un aire inquieto que intentaba disimular