El aroma del café era el mismo de todas las mañanas. Fuerte, con cuerpo, con ese amargor refinado que él apreciaba en silencio. La mesa de la terraza estaba impecable, como siempre: los platos alineados, las frutas cortadas en proporciones perfectas, el mantel de lino claro danzando con la brisa suave que atravesaba el jardín.
Pero Lorenzo apenas lo notaba. Nada de aquello importaba, porque ella estaba allí.
Isabella.
Sentada a la mesa, al otro lado, con un aire inquieto que intentaba disimular, sin éxito. Sus hombros rígidos, los dedos temblorosos, se entrelazan sobre el regazo y luego se separan. Sus ojos fingían interés en el plato frente a ella, pero no veían nada. Y el rubor en sus mejillas… no era de timidez. Era de culpa, de deseo, de recuerdo.
Y Lorenzo sabía exactamente de qué se acordaba.
Desde el instante en que Marta, distraída, comentó con un gesto:
—Fue Isabella quien llevó el café esta mañana…
El mundo de Lorenzo giró unos grados hacia la izquierda. Solo había confirma