La mesa de la terraza estaba puesta con una elegancia casi cruel aquella mañana. El mantel de lino beige ondeaba suavemente con la brisa, dibujando pliegues delicados, como si bailara al compás del malestar que apretaba el pecho de Isabella. La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles, dorando la superficie de la loza, los cubiertos plateados, los vasos de cristal y las tazas de porcelana fina. Todo allí parecía perfecto.
Todo, menos ella.
Isabella se sentó en el extremo más alejado de la larga mesa, como si buscara refugio detrás de la distancia física, como si eso bastara para disimular el torbellino que rugía dentro de ella. Sus manos descansaban en el regazo, pero no estaban quietas. Los dedos se entrelazaron, se apretaban, se soltaban, en una coreografía silenciosa de nervios y vergüenza.
El rostro le ardía. La sangre corría demasiado caliente. Demasiado viva. Sentía el calor deslizarse por dentro, como si aún estuviera entre las sábanas, jadeante, estremecida, con