Habían pasado algunos días, y la mansión Velardi estaba envuelta en un silencio acogedor, interrumpido solo por las risas infantiles que provenían del piso superior. Aquel sonido llenaba el corazón de Lorenzo como un rayo de sol atravesando las nubes pesadas que aún colgaban sobre su pecho después del incidente con Vereda y la posibilidad de que Isabella lo hubiera visto en un momento íntimo.
Lentamente, aflojó el nudo de la corbata todavía en el pasillo, mientras las risas inocentes de su hija lo guiaban como un sendero de luz. Al pasar por la sala, dejó el abrigo colgado en la silla y el saco doblado cuidadosamente sobre el brazo del sofá. Subió los escalones en silencio, sus pasos firmes amortiguados por la alfombra aterciopelada. A medida que se acercaba al cuarto de Aurora, el sonido del juego se volvía más nítido: voces suaves, risitas ahogadas y la inconfundible dulzura de Isabella intentando parecer seria.
—¡Voy a encontrarte, no sirve de nada esconderse! —su voz sonaba divert