El aula pequeña de orientación estaba en silencio.
Demasiado silencio para dos chicos de quince años.
Hansell y Joseph permanecían sentados frente al escritorio, con las piernas inquietas y los brazos cruzados, como si esa postura pudiera protegerlos de lo inevitable. Denisse se encontraba al otro lado, de pie, con una carpeta en la mano y una expresión que no era de enojo… sino de decepción.
Y eso era mucho peor.
—Bien —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Empecemos por lo básico.
Ambos levantaron la mirada, pero ninguno habló.
Denisse respiró hondo y se sentó frente a ellos.
—Sus nombres completos los sé. Sus expedientes también. No estamos aquí para fingir que no pasó nada, así que no pierdan tiempo mintiéndome.
Hansell ladeó la cabeza con un gesto desafiante.
—¿Y qué si lo hacemos? —respondió—. No fue dentro del edificio.
Joseph lo miró de reojo, incómodo.
Denisse entrecerró los ojos.
—Fue dentro del perímetro de la institución —corrigió—. Y con uniforme. Eso lo convierte auto