El hospital se había vuelto un terreno hostil.
No por las paredes blancas ni por el olor constante a desinfectante, sino por las miradas. Por los silencios que se estiraban demasiado. Por la forma en que Denisse sentía que ya no tenía un lugar claro ahí.
Cada vez que entraba a la habitación de Noah, Helena ya estaba sentada cerca de la cama, como si hubiera reclamado el espacio de manera natural. Le hablaba con familiaridad, le acomodaba la manta, le acercaba documentos, sonreía cuando él hacía algún comentario sarcástico.
Y Noah… Noah respondía.
No con amor, quizá, pero sí con comodidad. Con esa facilidad que solo existe cuando el recuerdo no es un obstáculo.
Denisse observaba desde un rincón, tratando de no invadir, de no parecer desesperada. Intentaba recordarse que él no lo hacía a propósito, que no era una traición consciente. Pero el dolor no entendía de razones.
Ese día, el conflicto escaló.
—Noah, deberías descansar —dijo Denisse cuando lo vio revisar unos informes—. El médico