La luz que se filtraba por las cortinas le pareció demasiado intensa, y el martilleo constante en su cabeza confirmó lo inevitable: tenía una resaca monumental. Cerró los ojos un segundo más y aspiró con cuidado… el aroma no le era desconocido.
Sábanas suaves.
Un colchón firme.
Y ese ligero perfume masculino que ya sabía identificar sin esfuerzo.
Abrió los ojos de golpe.
—La habitación de Noah… —murmuró.
Se incorporó apenas un poco y el mundo dio una vuelta completa. Volvió a dejarse caer sobre la almohada, llevándose una mano a la frente. Fue entonces cuando los recuerdos comenzaron a aparecer, uno tras otro, como escenas mal editadas: el bar, Charlotte, los tragos, sus quejas… y luego Noah, cargándola, su espalda, sus palabras dichas sin filtro.
Un calor incómodo le subió al rostro.
—Dios… —susurró—. Fui ridícula.
Cerró los ojos con fuerza, avergonzada. Había dejado ver sus celos, había murmurado cosas sin sentido y, peor aún, se había comportado como si no confiara en él. Justo cua