Denisse estaba sentada en uno de los bancos metálicos afuera del hospital, con la espalda recta pero los hombros caídos, como si su cuerpo estuviera sosteniéndose solo por costumbre. El cielo comenzaba a teñirse de un gris pálido, señal de que la tarde avanzaba sin pedir permiso, igual que todo lo demás.
Fred estaba frente a ella.
No hablaba. No preguntaba. Solo la miraba.
Sus ojos, demasiado grandes para su edad, tenían una seriedad que no le pertenecía. Denisse sostuvo su mirada durante varios segundos, y en ese intercambio silencioso entendió algo que le dolió más que cualquier palabra: Fred estaba intentando ser fuerte por ella.
—No tienes que cuidarme —dijo finalmente, con la voz apenas audible.
Fred frunció el ceño.
—Sí tengo.
Denisse cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, sonrió, una sonrisa débil, incompleta.
—Noah va a necesitarte fuerte —respondió—. Y yo… yo también.
El niño asintió, satisfecho con esa respuesta, y se sentó a su lado. Sus pies no tocaban del todo