La sala del consejo estaba en silencio.
No era un silencio cómodo ni respetuoso, sino uno denso, cargado de expectativas, de respiraciones contenidas y miradas que se evitaban. Denisse tenía las manos entrelazadas sobre su regazo, los dedos fríos pese a que la sala estaba perfectamente climatizada. Sentía el pulso en las sienes, como si cada latido contara el tiempo que faltaba para que alguien hablara.
Margaret permanecía erguida, con la serenidad de quien se sabe fuerte incluso en la incertid