Habían pasado algunos días de una calma casi sospechosa.
No era una calma perfecta ni ingenua, sino una de esas treguas que llegan después de la tormenta, cuando todos caminan con cuidado, esperando que el suelo deje de temblar del todo. Denisse había aprendido a valorar esos momentos, aunque una parte de ella siempre permanecía alerta, como si el peligro pudiera volver a asomarse en cualquier instante.
Esa mañana, el sol entraba tibio por las ventanas de la casa. Fred desayunaba en la mesa de