Habían pasado algunos días de una calma casi sospechosa.
No era una calma perfecta ni ingenua, sino una de esas treguas que llegan después de la tormenta, cuando todos caminan con cuidado, esperando que el suelo deje de temblar del todo. Denisse había aprendido a valorar esos momentos, aunque una parte de ella siempre permanecía alerta, como si el peligro pudiera volver a asomarse en cualquier instante.
Esa mañana, el sol entraba tibio por las ventanas de la casa. Fred desayunaba en la mesa de la cocina, concentrado en untar mermelada sobre el pan con una dedicación exagerada, mientras Noah revisaba su teléfono con expresión pensativa.
Denisse los observaba desde la encimera, con una taza de café entre las manos, sintiendo algo muy cercano a la paz.
—He estado pensando —dijo Noah de pronto, dejando el teléfono a un lado.
Ella alzó la vista.
—Eso nunca suena simple —bromeó suavemente.
Noah sonrió apenas, pero había algo distinto en su mirada. Se levantó de la silla y se acercó a ella,