Denisse observó la fachada de la casa de Adam Hunter desde el asiento del automóvil durante unos segundos más de lo necesario. No era una mansión ostentosa, pero sí una de esas residencias que gritaban poder en silencio: líneas limpias, seguridad discreta, jardines perfectamente cuidados. Todo estaba demasiado en orden.
Respiró hondo antes de bajar.
Sabía que podía enfrentarse a cualquier cosa esa noche.
Mentiras, reproches… o algo peor.
Un mayordomo la condujo al interior, y el aroma de una cena recién preparada se mezcló con una música suave que flotaba en el ambiente. Adam Hunter apareció casi de inmediato, con una sonrisa amplia y un gesto que parecía genuinamente cálido.
—Denisse, qué gusto verte —dijo, tomando sus manos—. Has estado desaparecida.
—He tenido bastante trabajo —respondió ella con cortesía medida.
Entonces lo vio.
William estaba de pie cerca del comedor, con una copa en la mano. No sonreía, pero tampoco parecía molesto. Su mirada se encontró con la de ella por un se