Habían pasado tres meses.
Tres meses desde que bajaron de la montaña. Noventa días de sol, sal y una quietud que, al principio, los había mantenido despiertos por la noche, esperando un ruido que nunca llegaba.
El silencio del enemigo era absoluto, porque el enemigo ya no existía.
La villa en la costa, que al principio parecía un escenario vacío esperando actores, se había llenado de vida. El vestíbulo ya no resonaba con el eco de pasos solitarios, ahora estaba lleno de bicicletas, mochilas es