El sol de la tarde caía sobre el mar como oro líquido derramado, cubriendo el horizonte de tonos violetas y naranjas profundos. No había viento, solo una brisa suave que traía el aroma de los limoneros y la sal, un perfume que Aurora ya asociaba con la libertad.
En la habitación principal de la villa, el silencio era reverente.
Aurora estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero. No llevaba joyas pesadas, ni tiaras de diamantes manchados de sangre. Su vestido era sencillo, de encaje blanco y