Matteo arrancó la foto de la pared con un movimiento seco, como si el papel le quemara los dedos. Sus ojos, oscuros y letales, escanearon la imagen granulada con una velocidad de procesamiento que Lena no podía comprender.
—Sé dónde es esto —dijo él. Su voz no tenía piedad, ni miedo. Era hielo puro.
—¿Dónde? ¿Dónde lo tienen? —preguntó, con la voz ahogada por las lágrimas.
—En los viejos almacenes del puerto sur. Territorio de Ezio —Matteo arrugó la foto en su puño y la tiró al suelo, sobre los