Lena estaba arrinconada contra la pared de metal pulido, abrazándose a sí misma, mientras el ascensor subía hacia el ático de Matteo.
A su lado, Matteo era una estatua de tensión.
Aún llevaba la camisa blanca manchada con la sangre de los hombres de Ezio. O quizás de los suyos, pero Lena no iba a preguntar. Miraba al frente, a las puertas cerradas, pero ella sentía su presencia dominando el espacio, asfixiándola.
—Deja de temblar —la voz grave de Matteo rompió el silencio.
—No estoy tem