Los días que siguieron al retorno de Lorenzo se deslizaron con una lentitud almibarada. Fué una calma sospechosa. Un momento de tregua en medio de la guerra.
Lorenzo estaba confinado. La herida en su costado, aunque limpia y suturada gracias a las manos firmes de Aurora, no dejaba de ser una herida que exigía pago por cada movimiento brusco.
La fiebre había remitido tras la primera noche, pero la pérdida de sangre lo había dejado con una debilidad que él detestaba más que al dolor mismo.
El Ca