La tarde caía sobre la villa con una pesadez dorada. Elisabetta estaba sentada frente al tocador de su habitación, con el cabello suelto cayendo sobre sus hombros desnudos.
Sobre la superficie de madera pulida, descansando sobre su estuche de terciopelo abierto, estaba el arco de violín.
Lo miraba como si fuera un objeto sagrado o maldito. Pasó la yema de sus dedos por la madera, sintiendo la suavidad del barniz, la frialdad de las incrustaciones de nácar. Era un regalo excesivo, peligroso y pe