El viaje de regreso a la villa fue un descenso a los infiernos en silencio estéreo. Matteo conducía con los nudillos blancos sobre el volante, emanando una furia fría que llenaba el habitáculo, mientras Elisabetta miraba por la ventanilla, viendo cómo el paisaje familiar de Amalfi se desdibujaba a través de las lágrimas que se negaba a derramar.
Cuando los portones de hierro de la villa se cerraron tras ellos con un estruendo metálico, Elisabetta sintió que el sonido no era de seguridad, sino d