La mansión, antes un escenario de caos y traición, se había transformado en un santuario, un refugio donde solo cabían el dolor y la paz recién ganada. Los guardias patrullaban con una intensidad febril, pero dentro de sus muros, solo existía el silencio reverente del alivio.
Aurora esperaba la llegada de Lorenzo y los niños frente a los ventanales de la sala, su propio cuerpo un manojo de nervios y determinación. Había terminado de acomodar la habitación de los niños minutos antes, quería que