Había pasado un mes desde la última noche de caos en la mansión. La casa, que había servido de fortaleza, prisión y campo de batalla, estaba aprendiendo a ser un hogar.
El silencio había cambiado de piel. Ya no era el silencio tenso de la vigilia, cargado de miedo y promesas de violencia, sino la quietud densa y reparadora de la calma.
Para Aurora, ese mes había sido una reconstrucción febril, no de las paredes, sino del alma. La paz era una visitante nueva, una criatura tímida que se asomaba p