El sol de media mañana entraba a raudales por los ventanales de la cocina de la mansión, iluminando una escena que, para cualquier extraño, parecería sacada de una revista de vida doméstica, pero que para Lena era un milagro viviente.
Matteo Vitale estaba cocinando.
Y no era cualquier cocinero. El hombre estaba de pie frente a la isla de mármol, descalzo, vistiendo únicamente unos pantalones de chándal gris que colgaban peligrosamente bajos en sus caderas. Su torso desnudo era una escultura de