La mansión de Matteo, ubicada a una hora de la ciudad, no era simplemente una casa de campo. Era una fortaleza de piedra antigua rodeada de hectáreas de bosque privado, colinas verdes y un silencio tan profundo que parecía curativo.
Al cruzar las puertas de hierro forjado, el aire cambió. El olor a humo y traición de la ciudad quedó atrás, reemplazado por el aroma limpio de los pinos y la tierra húmeda de la villa italiana.
Matteo detuvo el coche frente a la entrada principal. Apagó el motor y