El silencio que siguió a la amenaza de Mione fué más aterrador que cualquier grito. Elisabetta retrocedió hasta chocar con el escritorio de su padre, sintiendo la madera sólida contra su espalda baja, su única barrera contra el abismo.
Mione no tenía prisa. Sabía que la casa estaba aislada, sabía que sus hombres controlaban el perímetro, o eso creía, y sabía que su presa no tenía a dónde huir.
—¿Sabes? —dijo él, caminando alrededor de la oficina, rozando con sus dedos los lomos de los libros co