Elisabetta se quedó bajo el marco de la puerta del despacho, sintiendo una punzada de inseguridad. Lorenzo se acercó a ella y Elisabetta se tensó un poco, esperando el reproche, sabiendo que lo merecía por haber ignorado sus llamadas y haberle ocultado la gravedad de la situación durante semanas.
Pero Lorenzo no le recriminó nada. Se detuvo frente a ella, tomó su rostro entre sus manos grandes y ásperas, y dejó un beso sobre su frente. Elisabetta suspiró, aliviada, y se aferró a él, abrazándolo