El sector norte de la ciudad olía a gasolina barata, caos y peligro.
Era un laberinto de almacenes viejos y calles mal iluminadas, ahora convertidas en una caótica pista de carreras ilegales. El bajo de la música hacía temblar los cristales de los coches aparcados, y las luces de neón bajo los chasis pintaban el asfalto mojado de colores violentos.
Lena estaba sentada al volante de uno de los deportivos de la colección de Matteo. El vehículo, aunque costoso, tenía un aspecto discreto por fuera