Matteo estaba frente al ventanal, dándole la espalda a su oficina. Llevaba la camisa blanca arremangada hasta los codos, exhibiendo unos antebrazos fuertes y surcados por venas que delataban su tensión. Tenía su cabello ligeramente alborotado, señal de que se había pasado las manos por él con desesperación demasiadas veces en la última hora.
—Estamos ciegos —gruñó, girándose con una brusquedad que hizo saltar a Dario.
Sus ojos cafés, habitualmente indescifrables, ardían con fuego contenido.
—E