La noche cayó sobre Nápoles como un sudario de terciopelo negro. En la mansión de los Lombardo, las luces de los candelabros brillaban con una opulencia que intentaba disimular la podredumbre de sus cimientos.
Era la cena de los capitanes. Una tradición mensual donde Luciano Lombardo reunía a sus lugartenientes para repartir territorios y lealtades. Pero esa noche, la mesa larga de caoba estaba cargada de un silencio eléctrico. Había una silla vacía a la derecha del Don: la de su hijo.
Luciano,