El viaje hacia Nápoles fue un trayecto silencioso a través de la boca del lobo.
Aurora conducía el sedán discreto, con Nicolo en el asiento del copiloto, pálido y sudoroso, aferrándose al asa de la puerta cada vez que el coche tomaba una curva. Atrás, en una camioneta separada y a una distancia prudente, Lorenzo y Matteo los seguían, armados, listos para intervenir si la diplomacia fallaba. Nadie había podido hacerles cambiar de opinión.
El lugar de encuentro no era un almacén abandonado ni un