El silencio era un arma, y Matteo Vitale era un francotirador experto.
Habían pasado tres días desde que sacó a Lena de la casa de su padre. Setenta y dos horas en las que el penthouse se había convertido en un mausoleo de diseño italiano, hermoso, frío y mortalmente silencioso.
Matteo ignoraba a Lena de una manera que a ella le parecía insoportable.
Si ella entraba en una habitación, él salía. Si ella intentaba hablarle, él se alejaba. Comía en la misma mesa, pero él miraba su teléfono como si