El silencio en el ático era más ensordecedor que cualquier grito.
Las manos de Matteo eran puños de acero mientras observaba el teléfono móvil abandonado sobre las sábanas de seda revueltas, aquellas que todavía conservaban el aroma dulce de Lena.
«Cuando la tenga de regreso, la ataré a la jodida cama», pensó.
La vibración de su propio móvil lo sacó de sus pensamientos. Contestó la llamada y su voz grave resonó en la habitación como una tormenta contenida.
—Habla.
—La localizamos, señor —respo