A las seis de la mañana, cuando cruzó el umbral hacia el gimnasio privado, el frío del aire acondicionado erizó la piel de Lena, pero esa sensación se desvaneció al instante, cuando su mirada se clavó en el centro de la sala y el aliento se le quedó atrapado en la garganta.
Matteo estaba ahí.
Le daba la espalda, castigando el saco de boxeo con una cadencia letal e hipnótica. No llevaba camiseta. Su espalda ancha se revelaba como un muro de músculos en tensión que se estiraban y contraían con ca