El olor a gasolina quemada y césped chamuscado impregnaba el aire, una mezcla tóxica que profanaba la brisa salada de Amalfi.
En el jardín lateral, donde minutos antes reinaba la inocencia, ahora quedaba una cicatriz negra humeante sobre la piedra y la hiedra.
Lorenzo se levantó del suelo con movimientos lentos, casi mecánicos. Tenía a Valentina aferrada a su pecho, la niña enterrada en su camisa. El cuerpo de su padre había absorbido el impacto del calor y los fragmentos de vidrio.
Elisabetta