—Mírame a la cara y dime que no me necesitas también… —pidió Lorenzo con su boca a centímetros de la boca de Aurora—… y entonces me iré.
La mera posibilidad hizo que los dedos de Aurora se tensaran en la tela de su camiseta, como si en ese gesto silencioso intentara impedirlo. El aire se volvió denso, como si la habitación entera contuviera la respiración junto a ella.
Su cuerpo tembló bajo la presión de la mirada de Lorenzo, esa mirada que la desarmaba, que no pedía permiso sino verdad. Mi