La noche había caído sobre la casa como un manto espeso y silencioso. Aurora acomodaba las sábanas con delicadeza mientras Elisabetta revoloteaba por la habitación con su pijama rosado, abrazando su pequeño oso de peluche. Hasta que ellos se durmieran, ella se quedaría en su habitación.
—¡Mira, Aurora! ¡Mi osito también quiere dormir contigo! —dijo la niña con una risa contagiosa, saltando sobre la cama.
—Entonces habrá que hacerle un lugar —respondió Aurora, fingiendo un gesto serio mientras