Aurora se encontraba horneando, llenando la cocina de un aroma dulce y un calor hogareño que contrastaba con la agitación que ella aún llevaba por dentro. Había sacado la bandeja de galletas del horno con una prisa que no se permitía confesar, y al rozar el metal ardiente, un quejido breve escapó de sus labios.
—Maldición… —susurró, sacudiendo la mano.
—¿Te hiciste daño? —la voz ronca de Lorenzo la hizo girar.
Estaba allí, recostado en el umbral de la puerta, impecable incluso cuando apenas