Laila no lo nota de golpe.
No hay un momento exacto, una revelación clara, una frase interna que diga “ya no quiero ser solo madre”. Es algo más sutil, más incómodo incluso. Una sensación que aparece cuando el ruido baja y el cuerpo deja de estar en alerta constante.
Ocurre una tarde cualquiera.
El bebé duerme en la cuna. Los gemelos están con Marcus en el parque de abajo. Melissa está en casa de una amiga. La casa, por primera vez en semanas, está en silencio real. No el silencio tenso de quien espera algo, sino el silencio vacío, disponible.
Laila se queda de pie en medio de la sala sin saber qué hacer.
No hay pañales que cambiar.
No hay llanto.
No hay mochilas que preparar.
Y entonces aparece algo inesperado: incomodidad.
Se sienta en el sofá. Se reclina. Cierra los ojos un momento. Su cuerpo está cansado, sí, pero no exhausto. Está… despierto. Presente. Como si hubiera estado en pausa demasiado tiempo y ahora no supiera qué hacer con la libertad.
Se levanta y camina hasta el baño.