El cansancio no llega de golpe.
No irrumpe.
Se infiltra.
Marcus no lo nota el primer día. Tampoco el segundo. Lo confunde con normalidad: noches cortas, mañanas largas, decisiones constantes. La vida funcionando. La casa llena. El amor presente. Todo “bien”.
Pero el cuerpo empieza a hablar antes que la cabeza.
Una mañana, Marcus se queda sentado en la orilla de la cama más tiempo del habitual. No está triste. No está ansioso. Está pesado. Como si cada movimiento requiriera un segundo extra de voluntad. Escucha la casa despertar: un gemelo lloriquea, el bebé se mueve, pasos pequeños cruzan el pasillo.
Antes, ese sonido lo habría puesto en marcha automática.
Ahora, se queda quieto.
No porque no quiera levantarse.
Porque no puede hacerlo todo al mismo tiempo.
Laila aparece en la puerta, despeinada, con el bebé en brazos.
—¿Estás bien? —pregunta.
Marcus levanta la vista. Sonríe apenas.
—Sí —responde—. Solo… lento.
Laila asiente. No interpreta de más. Se acerca, deja al bebé en la cuna y l