El tiempo no pasa de golpe.
Se acomoda.
Eso es lo primero que Marcus nota cuando, una mañana cualquiera, se queda unos segundos más mirando la cocina antes de entrar. No hay silencio absoluto: hay pasos pequeños, un murmullo infantil desde un cuarto, el sonido distante de una licuadora. La casa está despierta, pero no agitada. Está viva.
Hace años —no tantos, pero suficientes— ese mismo escenario le habría provocado una presión en el pecho. Una lista mental de pendientes. Una urgencia por ponerse en marcha antes de que algo fallara. Hoy no.
Hoy entra sin apuro.
Laila está de espaldas, con el cabello recogido de cualquier manera, preparando algo simple. No parece cansada. Tampoco perfecta. Parece ella. Marcus se apoya en el marco de la puerta sin interrumpirla. Observa cómo se mueve, cómo ocupa el espacio sin pedir permiso.
—Buenos días —dice ella sin girarse.
Marcus sonríe.
—Buenos.
Se acerca y la abraza por detrás. No como refugio. Como encuentro. Laila se recarga en él unos segundos