El tiempo no pasa de golpe.
Se acomoda.
Eso es lo primero que Marcus nota cuando, una mañana cualquiera, se queda unos segundos más mirando la cocina antes de entrar. No hay silencio absoluto: hay pasos pequeños, un murmullo infantil desde un cuarto, el sonido distante de una licuadora. La casa está despierta, pero no agitada. Está viva.
Hace años —no tantos, pero suficientes— ese mismo escenario le habría provocado una presión en el pecho. Una lista mental de pendientes. Una urgencia por poner